sábado, 30 de julio de 2011

Degenerados



"El 30 de junio de 1937 Adolf Hitler ordenó «seleccionar las obras del arte decadente alemán posteriores a 1910 en posesión de los municipios, las provincias y el Reich alemanes, en los campos de la pintura y la escultura con el fin de mostrarlas en exposición», para la cual debían ser confiscadas.



Bajo el título de «Entartete Kunst» (Arte degenerado) y con procacidades tales como «barbarie del arte», «disolución de la forma», o «locura completa», las obras confiscadas - trabajos de artistas como Beckmann, Kokoschka, Klee, Barlach, Nolde, Kirchner, Heckel, Ernst, Grosz, Baumeister o Schwitters - fueron mostradas al público por última vez en el Reich alemán el mes de julio del mismo año. Siguió a ésta una segunda incautación, que abarcó, entre otras, obras de Cézanne, Picasso, Braque, Gris, Delaunay, de Chin- co y Munch. Con ello alcanzó su punto culmi nante la persecución del arte moderno por parte del nacionalsocialismo.



Esta señal alarmante inició una oleada de emigración, de la verdadera, «exterior», hacia Holanda, Inglaterra, Francia, Italia, Noruega, Suiza, Checoslovaquia y los Estados Unidos, y también de la llamada emigración «interior», de la retirada al cobijo campesino o al anonimato profesional. Sea cual fuere la decisión que adoptaron los artistas, ninguna les resultó fácil. Unos abandonaron la patria, su hogar afectivo y expresivo, sus familias y amigos, se encontraron en fuga o fueron internados en campos de concentración. Percibieron en su carne el aislamiento, padecieron bajo su soledad, otros vivieron, como por ejemplo Schlemmer, haciéndose a sí mismos el reproche de verse obligados, para ganarse el sustento, a realizar trabajos que significaban una concesión artística a las normas dictadas por el poder político reinante.



Werner Haftmann, autor del libro "Arte proscrito" (Verfemte Kunst — Bildende Künstler der inneren und aÜberen Emigration in der Zeit des Nationalsozialismus>’, DuMont-Verlag Kóln 1986), fue testigo coetáneo y antiguo Director de los Museos Estatales en Berlín, y describió los problemas humanos y artísticos resultantes de tales situaciones extremas".



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Fuente: Revista Kultur Chronik, Nº 4, 1987.

martes, 19 de julio de 2011

Mi versión de Barney



Con los ojos pesados y dolidos, sin pensar. Con una condena de recuerdos revoloteando mi cabeza, así me siento después de ver Barney's version, película basada en la vida de Barney Panofsky, un productor televisivo del que nada sé, y en realidad poco me importa saber de momento. La película está muy bien. Pero hay algo más, o todo estaba predispuesto para emocionarme y lanzarme al llanto espasmódico que te vuelve primario e indefenso. Algo que hace un poco más de un año que no me sucedía.

Una pequeña frase que me queda, además de las sensaciones de la totalidad de la película, es este diálogo que mantiene Barney con su mejor amigo Boogie después de descubrirlo teniendo sexo con la que era su actual esposa, algo que se desprende ante la negación de Boogie a pedir disculpas:

-Déjame recomendarte otro libro para que llenes tus estantes con él, "La vida de Heinrich Heine", a quien, en su lecho de muerte su amada le rogó que pida el perdón de Dios antes de morir. Pero el bueno de Heinrich, sólo tenía esto para decir, "Dios seguramente me perdonará. Después de todo, ese es su maldito trabajo."

lunes, 18 de julio de 2011

Deduzco


Que mentí. Mentí, mentí, mentí. En forma inconsciente, consciente, de todas las formas posibles y accesibles. Me traicioné y traicioné, aferrándome a la fantasía más que a cualquier atisbo de realidad; a los sueños, a los sueños que se adhieren a la piel como sustancias placenteras pero venenosas y que así la traspasan; colman de demonios en forma de tinta los órganos y todos los músculos. Y me traicioné. Me evadí, me llevé a mí mismo y a todo ese universo desperfecto, hacia los confines de una acción desafortunada. Llevé el sueño, el deseo, la realidad, la fantasía y la ingenuidad a un mismo plano de acción y desfiguración. Destrocé los interiores de cualquier cuarto, de mi cuarto, de aquella habitación confortable con su luz quebradiza que apenas parecía prendida; ese cuarto también lo destrocé, arranqué de sus interiores el estampado y los trozos de pared que asomaban entre las manchas de humedad. ¿Para qué? Para tornarme nuevamente en esa figura –figurita de álbum Panini no tan fácil de obtener pero fácil de preveer- que muchos ya conocen. Confusa, ambigua, frágil y siempre, pero siempre, merecedora de algún tipo de piedad, por esas mismas razones por las cuales es confusa, ambigua y frágil. Y a pesar de todo eso, una figura poseedora de cierta luminosidad esperanzadora e incluso sanadora. Con las necesidades inagotables, redentoras, perturbadoras, intensas, extrañas, incomprensibles pero siempre sinceras, a pesar de la mentira, que  están volcadas en aquel libro, en aquella causa, en aquellas palabras en boca y letra de Klaus Kinski: Yo necesito amar.