sábado, 26 de noviembre de 2011

Las aventuras del Pato Ñato




Una mañana de encanto tropical,

                                 un Señor Pato.

Pato instántaneo de la naturaleza seca y muerta
                          de la glicina
                          de su hoja diminuta, escurridiza
                          de achicharrada y mustia

     adherida, de pronto
                                     al tejido
                                como enmarañada -¿no?- a un conjunto de encaje de tela arácnida
                                                                      precisa, simétrica

  con el




apenas golpe tibio del viento del mediodía,

se bambolea

                                          un poco así, un poco asá

             como sellando un pacto

invisible

con aguas

invisibles

de la laguna Saladita.


O, me equivoco. Puede ser gallareta, juzgaría mi padre.

Dudo

A ver,
me cuesta

               distinguir y diferenciar del todo: pico, plumaje y etcéteras

Mi acceso al ojo ornitólogo es limitado



así que,
concluyamos en Señor Pato. Sin Pato Ñato.

                                                                           Eso es cosa de niños. De otros pasados.
                                                                           De enanos que no llegan a la altura de la ventana
                                                                             y Jamás
                                                 -con el acento marcado / utilizado / exagerado en el País de nunca Jamás-
                                                                                podrían llegar a verla.




                           (excepto que se monten en una silla, pero descontaremos esa posibilidad)

      

Bonus pic, Felipa. Tampoco llega a apreciar la bella aparición del Señor Pato. Por petisa, no por felina.

viernes, 25 de noviembre de 2011

The death of Santa Claus / La muerte de Santa Claus



Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.

dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de la sangre,
las batas del hospital siempre se le abren, las

salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles

dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el

mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica

de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia

triste, mientras en Houston Texas en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,

y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta.

de Charles Webb

Reading the water, 1997, "La muerte de Santa Claus".
Traducción: Juan Hernández-Senter, Ed. Verdehalago, 2000 México.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Finales inmortales

Sobre eso hay un muy buen ejemplo. Mi final favorito de temporada, que vuelvo a ver y vuelve a arrasar cada pelito de mi cuerpo dándole vueltas y contorneándolo como si se tratara de hierbas suaves y silvestres. También insisto en la repetición porque extraño a Nathan, irremplazable aunque pongan un sujeto que se desarme en dos personalidades opuestas/complementarias. No, el combo 2x1 no funciona a este nivel.

No puedo conformarme con su final en Las Vegas de ninguna manera, y eso duele. El pequeño Bob Dylan, elaborado con las características más imperfectas del ser humano, con todo lo insoportable y agradable que pueda tener una persona, manifestado de una forma tan natural y creíble que llega a ser considerado eso, alguien sumamente extrañable al volver a ver Misfits.

( cranch - spoiler alert - cranch )


domingo, 20 de noviembre de 2011

Caprichos botánicos de ayer (para hoy)



Si bien hablo de capricho, no es la adquisición por sí sola de la planta insectívora (a.k.a. planta carnívora para los pibes) sino la forma de adquirirla, en este caso en particular. También forma parte de aceptar un paseo por Capital Federal propuesto por mi hermana para que un amigo y compañero de trabajo que vino de Rosario conozca algunos lugares que ni ella misma conoce, como es el caso de los lugares comunes del turismo en La Boca y el exquisito Jardín Japonés.

En realidad, aceptar ir al Jardín Japonés es ceder al pasado. Volver a un punto de contacto espiritual, cultural y laboral de mi experiencia pasada. La última vez que lo había pisado, estaba resfriado y sacudido por una gripe. Trabajaba ahí los fines de semana como promotor en diferentes puntos turísticos de Capital Federal y en el Jardín como espacio físico cuando se realizaban matsuris -eventos y festivales- que solían ser abundantes en la agenda anual. Así que después de un par de faltas de mi parte a la ética laboral de los nikkei, no volvieron a llamarme. Recuerdo aún estar pegando letras para un cartel de bienvenida, sacándolas una por una cuidadosamente de una plancha para que no se rompieran. Mientras hablaba con Kiku, la chica de la recepción que habían enviado para que me ayudara. Recuerdo momentos de nuestra charla entrecortada para subestimar el automatismo de la tarea, mis mocos acuáticos cayéndose sobre mi ropa de trabajo, la aspereza del papel en mi nariz y el tedio. Retengo también el extraño pedido después de terminar mi trabajo, antes de retirarme rumbo a mi casa, que hizo mi ex jefe: que le entregara mi happi azul, que era el uniforme de trabajo que utilizaba, una indumentaria propia para festivales. Ese extraño pedido -nunca me lo habían pedido desde que había empezado a trabajar- tenía todas las connotaciones y sonidos alusivos a que no volverían a llamarme para trabajar. 



Pasaron muchos años hasta mi regreso, este sábado pleno de humedad. De un cielo histeriqueando a la tierra con gotas tacañas. Me sorprendieron algunos cambios en el lugar, las caras desconocidas de los empleados del Jardín, la suciedad del lago, no encontrar trabajando a Mariela ni a Kiku, a nadie de quienes conocía. 





Tras el damero hallé el vivero. Ya no está más como otros años pegado a la ligustrina de Figueroa Alcorta, sino donde estaba el taller de mantenimiento. En formal lúdica, sin dejar de ser un deseo siempre pendiente en relación a compras exóticas, no pude evitar pedirle a mi hermana el mecenazgo con una planta insectívora cuando vi en un rincón un sector de abundantes especies de este tipo. Y tomé una Drosera filiformis. Todo un capricho, más de hijo que de hermano. No hay forma de despejarle la compulsión del niño y sus ganas de consumo, igual que cuando me compró el helado de mango japonés, una hora antes de entrar el vivero. 



















Ahora en casa la planta reposa sobre la base de la pileta del patio, resguardada por la escalera que conduce a la terraza. Rodeada por plagas de mosquitos, moscas de la fruta y de todo tipo de variedad de insectos, los cuales espero nutran sus deseos y la abastezcan de la compleja necesidad de vida que requiere.



 


Esa misma,
que llevará a mi misión exótica 
hacia el éxito.
Desconocer el fracaso en este tipo de ética,
la ética de la mano verde. 

Así
estar un poco más en paz también con mi pasado,
en ese mismo acto,
en el que un bocado trepa sobre una de sus rosetas.

sábado, 19 de noviembre de 2011

viernes, 18 de noviembre de 2011

Pasión travesti


Ilustración inspirada en un informe noticioso dominical sobre la actividad travesti en los bosques de Palermo en las primeras horas de la mañana; de los desperdicios biodegradables -y otros que no- que deja esta práctica y cómo afecta al desarrollo de actividades recreativas de índole familiar. La deja picando el tópico ya de por sí, casi una obviedad. Que cobre sonido entonces con los señores Travesti.